Muerte, Esoterismo y Reencarnación – Capítulo V: METEMPSICOSIS Y MEMORIA GENÉTICA

Más concluyentes como pruebas en favor de la reencarnación parecen ser aquellos casos en los que una persona, casi siempre un niño, empieza a relatar espontáneamente lo que son aparentemente recuerdos de una vida anterior en la Tierra. En varias ocasiones se han hecho las correspondientes averiguaciones y se ha comprobado la veracidad de los datos que revela el supuesto reencarnado. En el estudio de tales hechos se ha distinguido especialmente el psiquiatra estadounidense lan Stevenson, de la Universidad de Virginia, por su paciente recopilación de datos de todas las partes del mundo; su obra Veinte casos que hacen pensar en la reencarnación (1ª edición, 1966) se ha hecho famosa y en la Universidad de Virginia se tienen recogidos ya cerca de dos mil casos. El autor no se ha limitado a recoger datos sino que frecuentemente ha observado también el comportamiento del sujeto “reencarnado” y de las personas de su ambiente Lo más característico de estos hechos estudiados es la identificación del niño con la personalidad anterior fallecida. El caso prototipo consiste en que un niño de dos a cuatro años empieza a relatar hechos de una vida anterior. en otro tiempo y en otro lugar. Tras mucho insistir la criatura, los padres comienzan a verificar los hechos -habitualmente varios años después- y, una vez comprobados algunos de ellos, se invita al sujeto en cuestión a reconocer personas, lugares y objetos de la vida “anterior”, lo que se consigue en muchas de las ocasiones estudiadas. Podría citarse como ejemplo el caso de la india Shanti Devi. Nacida en una familia de Delhi, a los cinco años empezó a decir que se llamaba Shanti Nath y que era en realidad de la ciudad de Mathura, en donde no había estado nunca. Describía los templos y calles de la ciudad y sus estudios universitarios, así como el nombre de su marido (Kedar Nath), y que había tenido un hijo. Los padres intentaron que la niña olvidara el asunto pero, a los nueve años, sus recuerdos se hicieron más intensos, de modo que el padre hizo indagaciones en Mathura y supo que allí vivía un comerciante denominado Kedar Nath, con un hijo y casado en segundas nupcias, ya que su primera esposa había muerto diez años antes al dar a luz su único hijo. En 1935, el profesor H. Banarjee, de la Universidad de Rajastán, y otros científicos, estudiaron el asunto y decidieron concertar un encuentro de la niña con su presunta familia anterior. Como resultado, Shanti Devi reconoció a su marido primero, y a sus padres después, entre un grupo de cincuenta personas, así como supo reconocer y describir los caminos que recorría la difunta y su dormitorio. También, por otro lado, conoció por primera vez al hijo de diez años que había tenido Shanti Nath y al que llamaba “hijo mío”, con el lógico estupor del niño (Shanti Devi tenía nueve años). Con todo ello, padres y marido reconocieron, en medio de un ambiente fuertemente emotivo, que Shanti Nath había vuelto en la niña Shanti Devi. Para personas ya predispuestas a favor de la reencarnación, este caso y varios otros servirán casi como prueba concluyente, pero se trataría de la reencarnación ¿de qué? Efectivamente, hay aquí algo que “reencarna” pero, ¿qué es en realidad? El propio lan Stevenson ofrece más de una explicación para el conjunto de los casos que ha estudiado, y una de ellas es la de la memoria genética. Aun en el plano físico, no es demasiado raro que suceda que un descendiente -como un nieto o un tataranieto- manifieste a veces más parecido con su abuelo o su tatarabuelo del que presentan otros descendientes más cercanos a éste. Tales características han permanecido latentes momentáneamente y, cuando las circunstancias eran favorables, por la razón que sea, se han manifestado exteriormente. En lo referente al dominio sutil o psíquico la cosa ocurre de modo semejante, y lo que por las apariencias serían recuerdos de una vida anterior de un determinado sujeto son en realidad elementos psíquicos recibidos por herencia; el individuo “recuerda” lo que le sucedió a uno o a varios de sus antepasados. Podrían denominarse estos casos como de memoria genético-ancestral; los padres transmiten al hijo un determinado germen psíquico y físico, ellos lo reciben de sus progenitores y así sucesivamente. Dicho germen es un conjunto bastante complejo, del cual muchas peculiaridades permanecen en estado latente hasta que las condiciones son propicias y, llegado el momento, a un descendiente le llegará a su campo de conciencia desde el “subconsciente” aquello que -aparentemente- son recuerdos de una vida anterior. Lógicamente, esta explicación sólo sirve para los casos en los que pueda probarse que el cuerpo físico desciende en línea directa del antepasado, ya sea con una distancia de pocos años o de varios siglos. En alguna otra ocasión, la explicación puede venir de la criptomnesia, es decir, el niño puede haber estado en contacto con alguien o con una fuente de información de la supuesta vida anterior y haberlo olvidado. Cuando los recuerdos que estaban en el olvido vuelven a la consciencia, el sujeto cree sinceramente que proceden de una vida anterior. Como señala lan Stevenson, cuando se da por parte del individuo el reconocimiento de varias personas que aún viven de entre aquellas que conoció en la “vida anterior”, la criptomnesia no es muy convincente ya que todos comprobamos en la vida ordinaria la dificultad de identificar a algún desconocido por simples descripciones pero sin una visión directa. Otros casos podrían encuadrarse en la hipótesis de la percepción extrasensorial. El niño adquiere la información por medios paranormales o extrasensoriales y asimila los datos obtenidos, de tal forma que él mismo se identifica con la persona fallecida y convence de ello a los demás. Apenas es discutible que algunas gentes pueden obtener extrasensorialmente información que les resultaría inaccesible por medios ordinarios. Además, muchas veces se sabe de varias personas que pueden haber actuado como enlace telepático entre el difunto y el “reencarnado”; en tales casos, basta con pensar en la telepatía sin acudir a otras facultades extrasensoriales más amplias, aunque en otras ocasiones sí que deberían tenerse en cuenta estas últimas para la explicación de ciertos casos más complejos. Sobre todo, es necesario, para comprender por qué se producen algunos o varios de los hechos de los que estamos tratando, el tener en cuenta la realidad de la metempsicosis. Dicho vocablo griego designa la transferencia de elementos psíquicos desde un ser hasta otro. En todo ser humano hay elementos psíquicos que proceden de la desagregación de otros seres humanos o incluso de animales de nuestro mundo, los cuales al morir no dejan sólo un cadáver visible y corpóreo sino que también abandonan unos elementos sutiles (a los que convendría no denominar “cadáver psíquico”, ya que no corresponden al plano corporal). Tales restos psíquicos irán a agregarse a otros seres humanos o animales de nuestro mundo, y ese adherirse a nuevos seres de entre los que están naciendo en nuestro mundo terrestre tendrá lugar con arreglo a la ley de afinidad (Cf. René Guénon, L’Erreur spirite). Un ser que nazca, por ejemplo, en la especie humana, atraerá hacia sí del medio cósmico, anímico o psíquico aquellos elementos que sean más afines a su naturaleza propia. La metempsicosis ocurre continuamente, por muy extraño que parezca a las mentalidades actuales, pero es fundamental tener presente que lo que se transmite no es de ningún modo el núcleo trascendente y sobrenatural del ser, luego que no hay “reencarnación” propiamente hablando, aunque sí hay algo que reencarna. Hay en cada uno de nosotros elementos procedentes de la desintegración de individuos que nos precedieron, y si sucede que alguno de dichos elementos aparece en el campo de la consciencia desde el “subconsciente”, nos damos cuenta de que somos portadores de algo cuyo origen resulta a primera vista inexplicable, pero la explicación pertinente es la realidad de la metempsicosis, que no se da solamente en quienes parecen recordar vidas pasadas sino en todos los seres humanos. También conviene percatarse de que para el traspaso de elementos psíquicos de un ser hacia otro no hace falta necesariamente la muerte de uno de ellos, y el ejemplo más evidente (aunque no el único) es precisamente la generación de un nuevo individuo por sus progenitores. A veces puede ocurrir que los elementos sutiles del ser individual cuyo cuerpo ha muerto, permanezcan sin apenas disociarse, y en tales casos será aparentemente más clara la evidencia de una reencarnación. El conjunto puede transferirse a un nuevo individuo recién nacido o que vaya a nacer, el cual conservará así más o menos completamente la memoria del anterior y parecerá ser el difunto reencarnado, pero, como hemos dicho, no se trata de ninguna vuelta del ser verdadero a este mundo. En términos occidentales, hay que distinguir el plano espiritual o del intelecto del plano anímico o de las formas sutiles, y a este último del plano visible o corporal. En la tradición hindú se diría que no hay que confundir la “envoltura causal” con la envoltura “sutil” ni a éstas con la envoltura grosera o corpórea (1). Generalmente, se ha visto que la desagregación del compuesto psíquico se ve frenada por algún suceso de fuerte carga emocional. Suele tratarse de muertos por un asesinato o muerte violenta o bien, a veces, son los elementos anímicos del criminal los que “reencarnan”. Como caso muy particular hay que citar el de los linajes de lama-tulkus del Budismo tibetano. Tras la brutal ocupación por parte de las tropas maoístas chinas del “País de las Nieves”, muchos lamas tibetanos, comenzando por el Dalai-Lama, se vieron obligados a abandonar su tierra; y varios de ellos se han extendido por todo Occidente. A raíz de ello, se ha hecho bastante habitual en la prensa el hablar de “reencarnaciones” de lamas, de “budas vivientes”, etc.; últimamente hay disputas incluso por la identidad del tulku (que no reencarnación) del Panchen Lama difunto, ya que los gobernantes ateos de Pekín quieren curiosamente imponer su propio “reencarnado” Panchen Lama. Sin embargo, no es el único caso de disensiones por la autenticidad de un tulku, ya que pueden entrar en juego poderosos intereses económicos. La palabra tulku significa aproximadamente “cuerpo de emanación” (en sánscrito, nirmana kaya), y está relacionada con la idea de producción de un fenómeno “mágico”. Básicamente se puede diferenciar entre los tulkus de algún sabio espiritual ya difunto y los tulkus de algún ser no humano; de entre estos últimos destacan el Dalai Lama, el Panchen Lama y la dama Lama Dorje Fagmo, existiendo también los tulkus de ciertas deidades de la región, los cuales son considerados “oráculos oficiales”.Los linajes de tulkus tuvieron sus inicios hacia el siglo XIII, y acerca de su formación hay interesantes interpretaciones aportadas por Alexandra David-Neel, viajera en Tíbet a principios de siglo: “ciertos lamas dicen que la energía sutil que subsiste tras la muerte del que la ha engendrado -o alimentado si es ya un tulku perteneciente a un linaje- atrae hacia ella y agrupa a los elementos afines, deviniendo así el núcleo de un nuevo ser. Otros dicen que el haz de fuerzas desencarnadas se une a un ser ya existente, cuyas disposiciones físicas y mentales adquiridas en vidas anteriores (en otros mundos, diríamos nosotros) permiten una unión armoniosa” (2). Cuando un lama que es ya un tulku está próximo a morir, predice o predecía la región en la que renacerá, y solía aportar algún dato sobre los padres, la casa, etc. Cuando se daba con un niño que parecía corresponder con las indicaciones del ama difunto, se le ponía a prueba presentándole objetos personales del muerto mezclados con otros parecidos, para comprobar si conserva el recuerdo de lo que fue suyo en la existencia anterior. Hoy en día el procedimiento es el mismo aunque parece que los signos se hacen cada vez más problemáticos. Como puede apreciarse, se trata claramente de casos de metempsicosis, semejantes a los estudiados por lan Stevenson. La particularidad de un tulku (cuando es auténtico) reside en que la cohesión del conglomerado de elementos psíquicos es debida a la potencia espiritual del individuo en cuestión. Hacia 1650, el quinto Dalai Lama, que era considerado, como todos los anteriores, un tulku de Gedundoup (discípulo y sucesor del reformador lama Tsong Kapa) declaró estar habitado por el Boddhisatva Chenrezig (Avalokitesvara en sánscrito) y asimismo dictaminó que su antiguo maestro espiritual, el Panchen Lama, del monasterio de Tashi Lumpo, era un avatar de Eupagmed (Amitabha en sánscrito). EL Panchen Lama venía siendo considerado como un tulku de Soubhouti, un discípulo del Buda histórico. Así pues, al menos en los casos más eminentes de tulkus se da una doble herencia espiritual y psíquica. Así como las reliquias corporales de algunos santos pueden convertirse en receptáculo de ciertas influencias espirituales, los linajes de tulkus -“cuerpo de emanación mágica” o forma sutil- pueden devenir algo parecido. La creencia es, por lo tanto, que los tulkus de Dalai-Lamas han pasado a ser al mismo tiempo tulkus de Chenrezig (el Boddhisatva Omnicompasivo que habita en el Paraíso Occidental) y los tulkus de Panchen-Lamas han devenido simultáneamente un soporte para la influencia espiritual de Eupagmed (el “Buda de Luz ilimitada”). Es probable que el caso de Pitágoras esté en relación con algo parecido, pero no hay, evidentemente, datos fiables. “¿Qué es lo que pervive en un tulku?” -Se pregunta el Rimpoché Sogyal. “¿Es exactamente la misma persona que aquella a la que reencarna? Sí y no. Su motivación y su dedicación para ayudar a todos los seres es la misma, pero de hecho no es la misma persona. Lo que pasa de vida en vida es una bendición, lo que un cristiano llamaría gracia” (3).Para desechar completamente la opinión que puede hacerse el público de que un tulku es como un alma individual que ha reencarnado en la Tierra, cabe señalar que en el Budismo tibetano se admite que un mismo difunto puede dividirse post mortem en varios tulkus que coexisten al mismo tiempo y que son reconocidos oficialmente. Ni que decir tiene que para las masas tibetanas no caben sutilezas, y cada Panchen Lama, por ejemplo, es el anterior que reencarna, según creen en su simpleza. Por último, para abarcar todas las posibilidades, conviene indicar que los seres de un determinado grado de existencia (como, por ejemplo, el estado humano) no están separados entre sí por ninguna solución de continuidad, no hay entre ellos ningún vacío. Desde los más cercanos hasta los más alejados, todos se influyen recíprocamente. En realidad, la herencia física y la herencia psíquica solamente son el aspecto más particular y más importante de la influencia del medio sobre un ser determinado, pero, dentro de los límites de nuestro mundo, recibimos la influencia mayor o menor de todos los seres que en él se manifiestan, por muy alejados que estén en el espacio y también en el tiempo (4).
NOTAS:
(1). Cf. René Guénon, “Las envolturas del Sí-Mismo”, en El hombre y su devenir según el Vedanta, CS, Buenos Aires, 1990, libro del que se ha escrito: “Me ha parecido bellísimo; inteligente, profundo”, (Mircea Eliade, La prueba del laberinto), Cristiandad, Madrid, 1980, p. 141) y también: “Aquí, todo es restituido a una esfera de grandeza, de seguridad incomparable y de transparencia casi olímpica” (Julius Evola).
(2). Cf. Alexandra David-Neel, Místicos y magos del Tíbet, Indigo, Barcelona,1988.
(3). Cf. Sogyal Rimpoché, El libro tibetano de la vida y la muerte, Urano, Barcelona, 1994.
(4). Cf. René Guénon, “El ser y el medio”, en La Gran Tríada, Obelisco, Barcelona, 1986. 
 
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