Muerte, Esoterismo y Reencarnación – Capítulo VI: TRANSMIGRACIÓN Y REENCARNACIÓN

Hemos descartado ya lo que parecen pruebas de que hay varias reencarnaciones en la Tierra, como casos que son en realidad de sueños premonitorios, estados alterados o alternativos de conciencia, memoria genético-ancestral y metempsicosis en el verdadero sentido de la palabra, y nos queda la cuestión de los textos de diferentes tradiciones espirituales que aluden a existencias sucesivas. Para la Sabiduría Perenne expresada en el esoterismo tradicional, la realidad de que hay diversos ciclos de existencia es algo indiscutible, pero una cosa es la trivial interpretación que se hace habitualmente de ello y otra es comprender adecuadamente en qué consiste verdaderamente el “renacimiento”. Si recordamos el capítulo sobre el Ser y el Huevo Cósmico, ha de tenerse en cuenta que allí se hacia referencia solamente a un estado de existencia de todo el conjunto de la manifestación universal. El estado en el que se desenvuelve el ser humano, ya sea en la modalidad psíquica o sutil, ya sea en la modalidad corporal, no es más que una “porción” infinitesimal del conjunto del Universo (y aquí entendemos por “Universo” la totalidad de la manifestación universal). El ser no se manifiesta sólo en dicho estado, sino en una multiplicidad de grados de existencia o “mundos” (1).El rosario es un instrumento de oración o de invocación común a las grandes tradiciones y, al mismo tiempo; un símbolo pertinente de la manifestación universal. El rosario musulmán está formado por noventa y nueve cuentas que representan a los noventa y nueve nombres de Dios (2); se dice además que falta una cuenta para completar el centenar y que dicho grano sólo puede encontrarse en el Paraíso. Aquí, las cuentas del rosario simbolizan cada una un atributo divino, y cada atributo divino está representado en el orden de la manifestación informal por un ángel, mediador celeste entre Allâh y aquel de entre los mundos con el cual dicho ángel está vinculado más especialmente por ser su “espíritu”. Lo preferible sería, en este caso, que el hilo fuera invisible en la representación, puesto que simboliza al Ser puro inmanifestado en el cual se reabsorben finalmente todos los “granos”. Para los seres humanos, los ángeles-atributos divinos son el aspecto más accesible del Principio Supremo. Puede decirse que, desde el punto de vista del Principio, cada ángel es en Dios, mientras que visto desde la manifestación, Dios es en cada ángel. En la tradición hindú, el hilo del rosario es denominado “hilo de Atman” (sûtrâtman), que origina, sostiene y pone fin a todos los mundos (3); acabamos de señalar así las tres funciones que el Hinduismo atribuye a la trimûrti, triple manifestación de Atman (4) como Brahmâ (productor o “creador”), Shiva (destructor o, mejor dicho, transformador) y Vishnú (sostenedor o conservador). Aquí, por lo tanto, el sûtrâtman simboliza a lshwara, el Ser puro, no en sí sino en su triple manifestación como creador, sostenedor y transformador de cada mundo, lo que equivale a Buddhi, el Intelecto Universal más allá de las formas individuales (Cf. Cap. III). La diferencia entre las dos tradiciones sólo es de perspectiva, puesto que para los seres individuales de cada mundo la comunicación con Dios sólo es posible a través de los grados angélicos. En definitiva, el hilo, el sûtrâtman, simboliza ora al Ser puro inmanifestado, ora a Buddhi, el rayo de manifestación informal que expresa y simboliza a Dios en cada mundo. Ocurre lo mismo que con la palabra “espíritu”, la cual puede referirse sea al Ser increado, sea a su manifestación supraformal (5). y, precisamente, según los textos sagrados, del hilo de Atman se dice que simboliza al “espíritu” o hálito que origina y reabsorbe al mundo, en relación analógica con las fases de espiración e: inspiración. Un ser que nace en uno de los mundos del rosario (o del collar, un símbolo semejante), como, por ejemplo, el nuestro, será una posibilidad particular dentro del conjunto de posibilidades que constituyen dicho mundo; ese ser desarrollará sus posibilidades intrínsecas dentro de los límites propios de nuestro grado de existencia, que hacen ser a éste lo que él es y distinto de los otros grados existenciales. Ahora bien, se ha de comprender que un ser no nace (o no suele nacer) en nuestro mundo como un espíritu desnudo de adherencias, y sobre ello aportan su enseñanza las tradiciones orientales acerca del karma; este vocablo significa en general “acción”, y aplicado a la cuestión que tratamos se refiere a la idea de que toda acción es una causa que trae consigo un efecto más tarde o más temprano, sea favorable, sea desfavorable, de donde se desprende que la Liberación (6) efectiva de toda manifestación condicionada no es posible por la acción, sino sólo por el conocimiento efectivo). Hay que distinguir el samchita karma, que son las acciones acumuladas que están en reserva y darán sus frutos si se da la ocasión, el prarabdha karma, que es el que ha comenzado ya a dar sus frutos y deberá agotarse en la existencia presente, y el âgami karma, que es el que está iniciándose por las acciones en la existencia actual. Estas nociones están íntimamente relacionadas con los samskâras y los vâsanâs, que vienen a significar “predisposiciones anímicas” e “impregnaciones psíquicas latentes”.Una vez agotados los frutos del prarabdha karma que han determinado las condiciones de su manifestación en nuestro mundo, un ser humano, si no consigue la Liberación absoluta ni tampoco logra “llegar al Cielo o al Paraíso”. ni “cae en el infierno”, será lanzado, por el residuo de karma acumulado, al torbellino de la transmigración, a la rueda del samsâra. Esta es la única “reencarnación” que puede concernir al núcleo esencial y trascendente de cada ser, es decir, la transmigración desde un mundo o grado de existencia hacia otro mundo. La creencia popular de que se puede vivir en la Tierra más de una vez no es sino una interpretación deficiente y propia del Kali-Yuga o Edad del Hierro (7) de la doctrina sobre la transmigración o bien de la que se refiere a la metempsicosis antes estudiada. Los partidarios de las sucesivas vidas terrestres alegan que en algunos textos se habla de volver a la Tierra”, pero en tales casos la “Tierra” alude a un mundo cualquiera de manifestación individual, ya que nuestra Tierra es y se emplea como un símbolo de todos ellos. Del mismo modo, los “Cielos” de la Biblia no son tampoco el espacio que pueda recorrer un jet o una nave espacial; el “festín” del Reino de los Cielos no es de alimentos corporales; la “Tierra Pura” de la que habla Platón no es “terrestre”, y el Dharma Kaya del Budismo -literalmente, “Cuerpo de Verdad”- no es, ciertamente, un “cuerpo”, pues los mismos budistas aclaran que se trata de un estado completamente por encima de todas las formas. En las descripciones simbólicas de los estados de ultratumba según las diferentes tradiciones se puede apreciar que ni las religiones del tronco de Abraham ni el Mazdeísmo mencionan, por lo general, las existencias sucesivas -al menos, en los correspondientes exoterismos-, mientras que si lo hacen el Hinduismo y el Budismo. La razón de ello es que las tradiciones del primer grupo se centran preferente (o exclusivamente) en aquello que concierne al ser que al nacer en nuestro mundo ha devenido un individuo humano. Sólo abarcan -en su vertiente exotérica- lo que atañe a nuestro mundo, desinteresándose de la totalidad de la manifestación universal. Por su parte, las tradiciones hindú y budista no tienen un exoterismo constituido como tal y, por consiguiente, sí que integran en su perspectiva la rueda de los renacimientos. Lo que se da en sus caso es un exoterismo de hecho según el grado de entendimiento que consiga cada individuo de la tradición que ha recibido y, según parece, lo que prima hoy es una interpretación cada vez más pedestre y literal. Lo que no suele destacarse, siendo fundamental, es que la doctrina de las diversas existencias está indisolublemente ligada a la de los ciclos cósmicos. Hinduismo y Budismo enseñan la existencia de “vidas sucesivas” porque también enseñan la realidad de los diversos ciclos cósmicos, y viceversa. Cada nueva posible existencia se cumple en realidad en cada ciclo, es decir, en cada uno de los mundos de la cadena simbolizada por el collar. Ya que hemos aludido a la doctrina de los ciclos cósmicos es imprescindible detenerse en algunas consideraciones al respecto. Según la tradición hindú, cada Manvantara o ciclo de una humanidad “dura” 4.320.000 años divididos en cuatro períodos (yugas) desiguales. Catorce de esos Manvantaras forman un Kalpa o “Día de Brahmâ” de 60.480.000 años de “duración”. El “Año de Brahmâ” es de 360 Días de Brahmâ y se dice que equivale a 21.772.800.000 años terrestres (380 x 60.480.000). Por último, la “Vida de Brahmâ” transcurre durante 100 Años de Brahmâ. Todas estas cifras no son válidas literalmente, como por lo demás ocurre también con los números bíblicos y con los de otras tradiciones. Asimismo, hay que comprender que lo que permanece a escala humana es el kalpa con sus 14 manvantaras, puesto que un kalpa o Día de Brahmâ es lo que designa el proceso total de desenvolvimiento y manifestación de un mundo. Cuando se habla del Año de Brahmâ de 360 “días” se está haciendo referencia a la cadena de los mundos, al simbólico rosario o collar que representa al conjunto de la manifestación universal. Por supuesto, en este nivel la designación temporal ya es puramente simbólica, puesto que el tiempo es solamente una de las condiciones propias de nuestro grado de existencia, y no es una condición trasladable a otros “mundos”. Hay una relación ontológica de sucesión entre un Día de Brahmâ y el siguiente, pero de ninguna manera se trata de una relación cronológica (8). “Universos pasados, presentes y futuros flotan sobre el océano de Vishnú ¿quién podría contarlos?”, puede leerse en el Brahmaivarta Purana. En cuanto a la Vida de Brahmâ, lo que pretende designar es cada uno de los indefinidos (aunque no infinitos) recorridos de la cadena de los mundos. Por ello, el simbólico collar debería representarse formando un círculo para sugerir la realidad del ciclo de ciclos, pero sin que el círculo parezca cerrarse, puesto que cada recorrido de la cadena de los mundos corresponde a un nivel diferente y no es un mera repetición del anterior (9). Ciñéndonos a la manifestación de nuestro mundo o Kalpa, se dice que consta de catorce manvantaras y que nos encontramos al final del séptimo. El fin del Manvantara actual corresponde al llamado “fin del mundo” en el que se centran la Biblia y el Corán, el cual es más bien el “fin de un mundo” y sería más pertinente denominarlo “fin de los tiempos”. Acerca de los acontecimientos que atañen a dicho fin de los tiempos hay notables semejanzas entre el Apocalipsis y los Purânas hindúes, demostrándose una vez más que no hay oposición esencial entre las diferentes tradiciones sagradas para quién se moleste en buscar (10). El final de todo nuestro kalpa (o de todo kalpa en general) es denominado pralaya o “disolución” y lo que se disuelve son los límites particulares que determinan a este mundo como una entidad (aparentemente) separada; el pralaya es propiamente el “fin del mundo” y viene a coincidir con el “Juicio Final” y la “resurrección de los muertos” de las religiones abrahámica (y también del Mazdeísmo o Zoroastrismo). Llegado el pralaya , todos los seres individuales regresan a Brahmâ, su origen. Del mismo modo, llegado el final del “Reino Milenario de Cristo”, según enseñaban muchos Padres de la Iglesia antigua, todo retornará a Dios Padre y Dios será “Todo en todos”. Esto último parecerá muy extraño a algunos, pero la diferenciación entre, por un lado, un reinado de Jesucristo en una Tierra nueva tras el fin de. los tiempos y, por otro, la “vida” celestial tras la resurrección de los muertos y el Juicio Final era compartida por muchos santos y padres de la Iglesia durante los cuatro primeros siglos. Está distinción, denominada habitualmente “milenarismo”, pasó a segundo plano tras la refutación de San Jerónimo, el cual la rechazó con su habitual violencia, aunque no se atrevió a condenarla porque “gran multitud de doctores cristianos seguía el partido de los milenarios”,. y “muchos varones eclesiásticos y mártires también lo defendieron” (11). La razón de que la Iglesia en general rechazara el milenarismo era la interpretación completamente literal que hacían muchos de las condiciones de la Tierra nueva tras el fin de los tiempos. Creían que los símbolos de abundancia material habían de ser tomados al pie de la letra, algo parecido a lo que hoy hacen ciertos “maestros” hindúes y budistas interpretando la transmigración como reencarnación en la Tierra. Corruptio optimi pessima. Como reflejo analógico del despliegue de la manifestación universal, de la cadena de los mundos, podemos apreciar en nuestro mundo la realidad del desarrollo del año. Un ser humano recorre a su modo un día de Brahmâ y una noche de Brahmâ; durante la noche, abandona la forma corporal retirándose a la forma sutil y al sueño con ensueños o, a veces, al “sueño profundo” de manifestación informal. Acabada la noche, empieza otro particular día de Brahmâ y así sucesivamente. Una vez recorrido un ciclo o círculo completo de días y noches, acaba su especial año de Brahmâ y comienza otro año (del latín annus o anillo). Varios años de Brahmâ serán recorridos hasta constituir una particular vida de Brahmâ, que arribará a su final con la muerte. En toda esta trayectoria es fácil observar el encadenamiento causal entre todos los ciclos de tiempo; un “día” se recorrió ya y es imposible transitarlo de nuevo, el año pasado ya lo vivimos, no es posible retornar a él; un año de estos moriremos, de día o de noche, y habrá terminado nuestra particular vida de Brahmâ; si no despertamos en ese momento o no conseguimos al menos, la “salvación” a la espera del fin del mundo, puede comenzar otra existencia, la cual será determinada por el karma acumulado en ésta y en “vidas anteriores” y que será distinta de la precedente, pues nunca se repiten las vidas de Brahmâ. En cierto modo, la irreversibilidad del tiempo es un símbolo en nuestro mundo de la imposibilidad, en la cadena de los mundos, de retornar al mismo grado o día de Brahmâ, es decir, es un símbolo de la imposibilidad de reencarnar. Una de las diferencias evidentes entre nuestro trayecto en este mundo y el recorrido de toda la Estas son las “vidas anteriores” (jatakas) a las que hacen referencia diversos textos sagrados, las “vividas” en otros grados de manifestación (lo de “anteriores” es un manera de hablar, puesto que sólo en nuestro mundo, conviene repetirlo, estamos condicionados por el tiempo).Puede añadirse, para terminar, que al venir a nuestro mundo con las predisposiciones e impregnaciones de existencias en otros grados, que constituyen como una especie de envoltura del rayo espiritual al desnudo, del ser angélico, lo que se atrae del medio psíquico y corpóreo, o bien lo que atrae el medio sutil y corporal a las predisposiciones del ser, será aquello más afín con tales características innatas; en consecuencia, los caracteres psico-fisiológicos del individuo representan en cierto modo a las existencias “anteriores”.
NOTAS:
(1). Para una exposición magistral de esta noción, esencial en el esoterismo tradicional, véase René Guénon, Los Estados Múltiples del Ser, Obelisco, Barcelona, 1987.
(2). Cf. René Guénon, “La cadena de los mundos”, en Símbolos de la Ciencia Sagrada, Buenos Aires, Eudeba, Buenos Aires, 1976 y Paidós, Barcelona, 1995.
(3). Idem.
(4). Atman es el Principio tanto del macrocosmos como del microcosmos (el hombre), aunque suele asociarse más bien con el Principio en el hombre.
(5). Cf. René Guénon, “Espíritu e Intelecto” y “Las Ideas Eternas”, en Mélanges, Gallimard, París, 1976.
(6). Aquí entendemos por “Liberación” la. consecución por un ser del Fin Supremo. Es denominada así porque el ser se libra o libera de cualquier límite condicionante.
(7). El KaIi Yuga o Edad del Hierro es la última y más decadente de las cuatro edades que forman nuestro actual Manvantara y está tocando ya a su fin. Cf. René Guénon, La crisis del mundo moderno, Obelisco, Barcelona, 1988, y Gaston Georgel, Les Quatre Ages de l’Humanité, Arché, Milán, 1976.
(8). Cf. René Guénon, Formas tradicionales y ciclos cósmicos, Obelisco, Barcelona, 1984.
(9). Cf. René Guénon, “La cadena de los mundos”, en Símbolos de la Ciencia Sagrada, ob.cit.
(10). Cf. René Guénon, Formas tradicionales y ciclos cósmicos, ob.cit.
(11). Pref. in libr. 18, super lsaiam. 
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