Muerte, Esoterismo y Reencarnación – Capítulo IX: EPÍLOGO

 
Llegados a este punto, el lector, tanto si cree en la “vida. tras la vida” como si no, ha de reconocer que los habituales tópicos acerca de los estados post-mortem son insostenibles. No existen las pretendidas contradicciones entre las diversas tradiciones sagradas; hay solamente una divergencia en la presentación de las enseñanzas respectivas y, en este momento, también se da una creciente incomprensión e ignorancia de cada una de ellas por parte de sus propios representantes más o menos notables. En todo caso, no cabe ya alegar la diversidad y oposición de doctrinas para despreocuparse del momento de la muerte.”En las religiones orientales no hay nada referido a la resurrección de los muertos”, suele decirse habitualmente; y, sin embargo, en el Hinduismo y en el Budismo se enseña la existencia de paraísos que son corno un vestíbulo de la. Liberación o Nirvana y que están exentos de la transmigración. ¿Qué es en tales tradiciones la primera resurrección? Es renacer, por ejemplo, en el Paraíso Dewachen o Sukâvatî según el Budismo Tibetano, o en la “Tierra Pura” (Jodo Shin) de ciertas escuelas budistas japonesas, o en el Paraíso Vaikunta en el que reina Vishnú (1). La segunda resurrección tendrá lugar cuando tales Paraísos,
que son perpetuos pero no eternos, reviertan al Brahmâ de nuestro mundo y, junto con éste, al Ser Universal, origen de todos los mundos. En ese momento tendrán la posibilidad de lograr la Liberación definitiva los seres que allí se “alojan”.Por lo que hace a la pretendida “reencarnación”, el esoterismo tradicional aclara que no puede admitirse corno vidas sucesivas en la Tierra sino que se trata de una degradación de las doctrinas auténticas sobre la transmigración y la metempsicosis. Asimismo, tampoco es admisible la creencia exotérica del Mazdeísmo y de las religiones occidentales según la cual la inmortalidad es a la vez individual y eterna. La estancia de las almas en paraísos e infiernos es sólo provisional en espera de la Resurrección y el Fin del Mundo. Si en ese momento se produce la Liberación o se pasa a la condición de dêva no cabe ya hablar de individuo propiamente dicho, pues éste se “transforma”, recupera su condición más allá de las formas. Algunos se preguntarán el por qué de tanta insistencia en negar la reencarnación. Tal y como repite el Bardo Thodol, “te has despojado de tu cuerpo material, compuesto de carne y sangre, lo que indica que vagas por el sidpa bardo. He aquí por qué en este momento debes formar sin distraerte una resolución única en tu espíritu. Esto es muy importante. Es como dirigir a un caballo con las riendas. Todo cuanto puedas desear vendrá para desfilar ante ti… rechaza los sentimientos de atracción o de repulsión”. La creencia en que se reencarna en la Tierra y como humano es un error y, como tal, servirá para distraer al espíritu alimentando deseos y expectativas falsas en el momento más crucial para despertar; de ahí la insistencia que aquí mostramos. Quien sea honrado en sus planteamientos ha de reconocer que el hombre actual, que pretende sostener ideas propias liberadas del yugo de la religión, está en realidad haciendo suyas lo que no son creaciones originales sino versiones deformadas y degeneradas de antiguas enseñanzas tradicionales. Como ya se dijo, si la doctrina judeo-cristiana e islámica sobre el Fin de los Tiempos se seculariza y se materializa, nos encontramos con la idea de Progreso, ídolo dominante del sistema. También el evolucionismo no parece ser sino una caricatura terrestre de la doctrina metafísica de los estados múltiples del ser. La reencarnación, tan extendida hoy, es una tergiversación dé la transmigración y de la metempsicosis. Es curioso darse cuenta de que la fe reencarnacionista implica que ni siquiera los muertos quedarían libres de las cadenas del sistema dominante; pronto volverán a la Tierra y ¡acaso inmediatamente, según algunos creen! No faltará quien piense o comente acerca de lo banal que resulta ocuparse de las inciertas y etéreas cuestiones post-mortem frente a lo palpable de las satisfacciones pequeñas pero reales que puede ofrecer la vida ordinaria. Algo semejante podría argumentar alguien que hubiera nacido en la cárcel y no conociera la existencia del exterior. Su estancia en la prisión podría proporcionarle alguna situación placentera e, incluso, podría desarrollar una vida un poco más ordenada cada día y con más mejoras añadidas, pero ninguna cárcel puede ser eterna. Cuando se abriera o se viniera abajo ¿qué harían los ex prisioneros? ¿cómo se orientarían? Mientras siguieran encerrados, lo que sí harían, en su ignorancia, es reírse de quien pudiera llagar a relatarles algo del exterior. Para terminar con un aspecto más “practico” del arte de morir cabe señalar que cada tradición espiritual, si se toma en serio, puede proporcionar los medios para conseguir al menos la “salvación”. Por añadidura, en todas ellas se encuentra la práctica de la repetición rítmica de un Nombre divino, que actúa en vida como atractor de las influencias sobrenaturales y en el momento de la muerte puede ser un viático fundamental. En todo caso, siempre conviene tener presente que, al tener todos los seres unas posibilidades equivalentes, todos ellos alcanzarán la Liberación, en un estado o en otro. Para hablar con toda propiedad, la realidad es que todos están liberados pero lo han olvidado. Sin embargo, no basta una elaboración mental o emocional, sino que ha de aprehenderse con intuición inteligente que “Si en el cielo se elevara de repente la luz de un millar de soles, semejante sería al esplendor de aquel Gran Espíritu” (2).
NOTAS:
(1 ). Cf. Titus Burckhardt, “La Jerusalén Celestial y el Paraíso de Vaikunta”, en Símbolos, Olañeta, Palma de Mallorca, 1982.
(2). Bhagavad Guitá, Xl, 12. 
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